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Cada atracción que se visita en Guayama le abre la puerta al visitante a un baúl cargado de historia...
Visitar Guayama y recorrerlo es escapar de la metrópoli y sumergirse en otro mundo para vivir experiencias que se veían como añoranzas y que una vez adquiridas forman parte de un baúl de tesoros. Esa fue la huella que me dejó Guayama. Con sólo 62.25 millas de largo, este pueblo costero me embrujó como dice su cognomento. Hechiza su flora seca que contrasta de inmediato con el azul de su costa, los molinos que remontan a la época gloriosa de la caña de azúcar y las estructuras de siglos pasados que mantienen su fulgor. Guayama es un museo vivo para sus visitantes, donde parece que el tiempo se detuvo para orgullo de todos los puertorriqueños. Pero lo más cautivante es la experiencia surreal que puede tener el visitante en el Teatro Guayama, antiguo Teatro Calimano, que ubica en la calle Derkes del casco urbano. Salí a toda prisa, como acostumbro cuando voy a ver una película de estreno. Pensaba que, como siempre, debía reservar un tiempo para la búsqueda de estacionamiento y posteriormente, para la de sillas.Sorpresa! No tuve problema para encontrar estacionamiento porque estaban disponibles a pasos del teatro, bordeando la plaza pública. Otras familias hicieron lo propio para disfrutar a sus anchas de una película de estreno. La de ese momento era Indiana Jones. La estructura del Teatro Guayama invita a admirarse. Es un edificio de dos niveles de 1938, hecho en mampostería, que aún conserva el estilo Art Deco. Perteneció a Fernando Calimano y a su esposa Enriqueta Díaz. Lo primero que sorprende al visitante es la taquilla, aún de madera, y las lámparas de metal. En el interior de la sala, las 1,200 butacas con espaldar de madera -pero asiento acojinado- son también reflejo de otra época. Y tal como pasa en los cines modernos, el olor a pop corn fresco inunda todo el espacio. El boleto sólo cuesta $3.50 por persona gracias a que el teatro es administrado por el municipio de Guayama. A esto se añade que por sólo $4 compré dulces, refrescos y pop corn. Un cono de palomitas de maíz sólo cuesta $1.25. Informacion El Nuevo Dia. Previo a la película hubo cortos de los estrenos, pero no presentaron anuncios. Dos aspectos nos sorprendieron: el teatro no estaba lleno a capacidad por lo que el segundo piso estaba vacío y la película era en español. Indy hablaba español y el ambiente allí, sin duda, no era el usual de las congestionadas salas de cine de la capital. Asimismo, la audiencia estuvo atenta al filme. No hubo gritos, comentarios ni celulares chillando... sólo un silencio absoluto. “Dependiendo del tipo de película se llena unos días más que otros. La gente opta por el cine grande de Guayama, que es más caro. Dependiendo del tipo de película se llena, aunque puede variar”, explica la administradora del Centro de Bellas Artes y del Museo Casa Cautiño, Maryann Gómez. Sobre por qué la película es en español, los guayameses explican que el alcalde, Héctor ‘Gui’ Colón, tiene esa norma o que al menos tenga subtítulos. Ahora viene lo mejor. Finalizada la película, se produjo una especie de ritual. Tan pronto salió el último cliente, un empleado se encargó de cerrar la sala -la única del teatro- y acto seguido, también el teatro. Como si se tratara de un culto repetitivo, la mayoría de los asistentes al teatro se dirigieron a la heladería Rex Cream, que colinda con la calle Palmer. Iban al encuentro de los ricos helados de frutas que se confeccionan allí mismo. Pero, ¿dónde se saborearon los enormes helados? Los bancos de la plaza de recreo Cristóbal Colón se llenaron. Y yo, cual alumna disciplinada, seguí al pie de la letra el rito. Pasadas las 10:00 de la noche todavía había varios grupos de guayameses en los alrededores de la plaza compartiendo, hablando y riendo. Y, por si fuera poco, con seguridad, porque una patrulla de la Policía Municipal constantemente dio rondas alrededor de la plaza. ¡Adiós a la metrópoli! La experiencia en nada comparaba con ir al cine en el área metropolitana. Plaza cristóbal colón Ese espacio, que exploré días después, tiene muchos atributos. Pese a que lleva el nombre del descubridor Cristóbal Colón, no hay un busto suyo allí. En sus 16 jardines abundan los laureles de la India podados en forma de hongos. Una fuente traída en 1918 desde Italia, por el entonces alcalde Genaro Cautiño Insúa, ubica en el mismo centro y endulza el oído con sus más de siete chorros de agua. En los extremos están los monumentos a soldados guayameses caídos en la Primera y la Segunda Guerra Mundial, así como a los soldados que vivieron el conflicto de Corea. El busto del poeta guayamés Luis Palés Matos también dice presente en la plaza de recreo. No sólo el ambiente es agradable en esa plaza, sino que el visitante está rodeado de historia por doquier. A la plaza la bordean edificios del siglo XIX y XX. Por ejemplo, la Casa Alcaldía, que antes era la Casa del Rey, se quemó en dos ocasiones y finalmente se relocalizó en 1916 a donde se encuentra hoy. A pocos pasos está la iglesia católica San Antonio de Padua, que tardó en construirse 40 años y el Cine Campoamor, de 1920, que no está en funcionamiento, pero mantiene intacta su fachada. Guayama contaba con un tercer teatro: el Bernardini. Estaba también entre los edificios cercanos a la plaza, donde ahora se encuentra la emisora Radio Revelación. En ese teatro murió el papá de Palés Matos, Vicente Palés Anés, justo después de recitar su poema ‘El Cementerio’. Precisamente, la casa en la que nació el autor de ‘Tuntún de Pasa y Grifería’ -en la calle Ashford- está siendo remodelada por el municipio. Pero sin duda, la estructura cercana a la plaza (en la esquina Vicente Palés) que llama más la atención por su arquitectura neoclásica y criolla es el Museo Casa Cautiño. Su fachada está llena de ornamentos que incluyen seis columnas unidas a la reja del balcón y soles truncos sobre sus puertas y ventanas, que simulan grandes abanicos con elaborados encajes. Edificada en 1887, sobresale por su arquitectura elegante y de buen gusto. Perteneció a tres generaciones de la acaudalada familia Cautiño, de ascendencia española y criolla. Su construcción tardó cinco años. Conserva el mobiliario original, excepto por una lámpara y las cortinas. La casa muestra opulencia por doquier: en sus muebles victorianos y de caoba hechos en Guayama; en los grandes jarrones Cloisonne, traídos de Japón; en las camas talladas meticulosamente en caoba con las iniciales de sus dueños; en los óleos de la familia y en las alfombras persas. También se aprecia en un reloj rococó en bronce con querubines; en la fuente del patio interno proveniente de Francia; en el comedor colonial; en la bandeja en plata repujada -regalo de boda de José de Diego; en el perfumador de Francia para eliminar los olores de la cena; en las lámparas de prismas de cristal de roca y la del comedor en cristal soplado de la Casa Murano, en Venecia, y las cinco tallas en madera inspiradas en el libro de Génesis, de la Biblia, comisionadas al destacado escultor puertorriqueño Tomás Batista. Es obligatorio detenerse a observar dos relicarios antiguos que cuelgan de una pared y en cuyo interior se encuentran los cabellos de Juana Monserrate Vázquez, esposa de uno de los Cautiño y quien murió muy joven. Todo esto y mucho más lo podrá observar en los recorridos que se ofrecen gratuitamente. Concluido el paseo por el museo, camine por las laberínticas calles de Guayama, que llevan nombres de personas destacadas. No deje de entrar a la Oficina Histórica del pueblo para que admire su patio interior, de 1875. En la calle Ashford es obligada una parada en la antigua Real Cárcel de Guayama, construida en 1879. Sus paredes, trabajadas en mampostería, y la belleza de su patio, sólo provocan decir ¡wow! El patio aún conserva un pozo de agua -que ahora tiene plantas en su interior- y desde allí se observan las ventanas con trancas en madera. El lugar era utilizado como presidio bajo el dominio de los españoles. Tampoco olvide entrar a la Biblioteca Municipal construida en ladrillo, madera y con techo de zinc. Allí está el primer elevador instalado en una casa del pueblo, aunque ya no funciona. El edificio tiene dos pisos y un desván rectangular, a donde amablemente me permitieron llegar y observa todo el pueblo de Guayama. Y es que los guayameses son muy hospitalarios, por lo que no dude en preguntar lo que sea. De tribunal a museo El Museo de Bellas Artes tampoco se puede dejar de lado. Por el contrario, se le recomienda a cualquier visitante que comience ahí el recorrido, ya que desde el Museo sale un trolley que lo transportará gratuitamente por todos los atractivos turísticos mencionados. Hay estacionamiento. El edificio que alberga el museo, construido en 1927, fue tribunal de justicia. En 1992 pasó a ser el Centro de Bellas Artes Adolfo Porrata Doria-Mandes. La estructura clásica, de orden jónico, está rodeada por jardines coloniales. Está en la carretera 3 y contiene 11 salas de exposiciones, dos de ellas permanentes. En su interior se exponen las esculturas, pinturas y tallas de jóvenes guayameses que toman cursos gratuitos bajo la tutoría de los artistas Rafael Torres y Gladys Nieves. Tan pronto se abre la puerta, se marca un encuentro con la historia de Guayama, ya que lo reciben dos mecedoras estilo isabelino con más de 100 años; la pieza Azabache, la Virgen del Carmen, San Antonio de Padua y las higüeras talladas por el artesano César Luis González. Se respira un ambiente tranquilo y de cordialidad, que matizan las diligentes y gentiles guías que le acompañan durante todo el recorrido. Necesita poco más de una hora para admirar todas sus áreas. Una vez salga del Museo, el trolley también lo llevará a ver las ruinas de dos de las haciendas azucareras del sur de Puerto Rico: la Hacienda Molino Vives, de 1828, y La Carlota, de 1860, ambas en la avenida Pedro Albizu Campos. De esta última también queda una torre prácticamente incólume, que una vez fue testigo de la época de demasía de la caña de azúcar. |